Cuanto antes



Ya antes de que terminara agosto comenzaban a aparecer por las calles los vendedores de banderitas, banderotas, silbatos, cornetas y rehiletes tricolores que es perfectamente natural ver en septiembre como los distintivos más perdurables de lo que a estas alturas pueda significar la idea de «fiestas patrias» —ritual que, si bien siempre tuvo un carácter excéntrico y un significado difuso, temo que haya quedado irreparablemente estropeado para la emoción y la ilusión de los mexicanos luego de la catástrofe que fue su supuesta celebración en 2010, aquellos lamentables fastos en que el gobierno de Felipe Calderón lució su extremosidad inconcebible de corrupción (ahí sigue la Estela de Luz), ridiculez (la exhumación y el paseo de los huesos que no resultaron ser de próceres, sino de animalitos), falta de imaginación y tontería. No es tan grave, quiero creer, que los vendedores de la utilería septembrina se adelanten un poco. Pero sí da qué pensar la anticipación, algo espantosa, de otras señales de que el año va más deprisa que nosotros, y que así como las aparentes veleidades del clima son indicadores de su descomposición (empiezan a destiempo o se retrasan o se prolongan los temporales más de lo que estábamos acostumbrados a ver, qué tanto hace que estábamos con el calorón y esta mañana de verano parece decididamente invernal: señal de que el tiempo se ha desentendido de nuestros ingenuos pronósticos, acaso vengándose de cómo hemos obrado para su desquiciamiento), los ritmos de lo habitual se dislocan por lo que quizás sea síntoma de nuestras ansias neuróticas de que todo vaya más rápido y ya termine.
       Ejemplo uno: una cadena de supermercados ya estaba vendiendo pan de muerto el penúltimo fin de semana de agosto. Qué bueno, dirán algunos —yo incluido—, porque sabe quedarles rico, en especial el relleno de cajeta y el de Nutella. Pero el primer bocado deja el regusto incómodo de la infracción, más que por el quebrantamiento de una tradición —tampoco es que las tradiciones hayan de importar mucho nomás porque son tradiciones—, por cuanto esa premura dice de nosotros, que no supimos aguardar al final de octubre y el comienzo de noviembre: ¿sigue siendo pan de muerto si se come dos meses y medio antes, o es mero pan impostor y avorazado? Ejemplo dos, más alarmante: al menos en una tienda departamental ya luce, orondo y codicioso, el Santaclós de plástico que vigila los anaqueles con esferas, lucecitas, monos de nieve, arbolitos y demás decoraciones navideñas, un basural que con su aparición ya urge a empezar a comprarlo, cuanto antes, y también a ir gastando de una vez en los regalos de esas fechas (sonaba también la musiquita insidiosa de la ocasión: villancicos de Pandora desde septiembre).
       Claro: la irrupción prematura de banderitas, pan de muertos y santacloses podrá explicarse por las dinámicas malévolas del consumismo. Pero ¿no querrá decir también que tenemos una prisa histérica por llegar más pronto quién sabe a dónde?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 5 de septiembre de 2013.
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