Patrañas

No parece que la necesidad de creer en cualquier cosa explique por sí sola la facilidad pasmosa que el mexicano tiene de tragar patrañas, pues si se tratara únicamente de la necesidad de ir configurando la vida según determinadas certdumbres, convicciones o historias, tal apetito podría ser igualmente satisfecho con verdades. Digo: tanto trabajo cuesta creer en la aparición de una hadita como en el hecho de que las haditas no se aparecen. Lo malo es que las verdades son escasas, escurridizas, sospechosas siempre y a la postre, generalmente, susceptibles de trocarse en patrañas, de manera que esa voluntad imperiosa de creer en cualquier cosa ha ido modelándose a lo largo de los siglos por un principio de incredulidad que ha vuelto preferible lo inverosímil antes que lo evidente —y si no por qué la gente sigue acudiendo a las urnas en días de elecciones y refrendando con votos su creencia en las ilusiones y las falsedades propaladas por los mentirosos en turno. Lo demostrable es tan raro, y tan grande el hartazgo de esperar que se manifieste —y tan pocas las ganas de demostrar nada: por eso la prensa más perezosa se basta con reproducir el zumbido de enjambres de declaraciones—, que a la ocurrencia de lo portentoso, por estúpida que termine siendo la explicación, se acude con regocijo y sin dudarlo un instante.
       (Ahora bien: el hadita famosa efectivamente apareció, y fue del todo natural que el afortunado que la halló diera la noticia al mundo, y que luego el mundo fuera a asolearse en largas filas para presenciar el milagro, pagara la entrada, comprara fotos y videos, y a su vez corriera la voz; otra cosa fue que el afortunado resultara un malviviente astuto, que el hadita fuera de plástico y que las multitudes hubieran admitido encantarse de modo tan abrumador por lo que alcanzaron a ver, apenas una figurita como de gargajo en un vasito con dizque formol. Pero de que apareció, apareció).
       De un tiempo acá me he aficionado a las ristras de anuncios televisivos que, sobre todo durante los noticieros, divulgan remedios insuperables para la tos, la depresión, los niños lerdos (un shot de porquería que deben beber antes de irse a la escuela, para avisparse), los hongos en las patas, las arrugas, la calvicie, la barriga, la celulitis, el insomnio, el ronquido, la impotencia, la frigidez, la gastritis, las flatulencias, las várices, el estrés, la desmemoria, la vejez, etcétera. Con pocas variantes, todos incluyen una mona o un mono de buen ver, eufóricos siempre; otro u otra en bata, con título profesional, que infunde autoridad científica, y gráficos grotescos o repugnantes (espinillas que se esfuman, pelones a los que les brotó pasto en la coronilla, gordas malfajadas y tristonas, sonrientes y ya laminadas en la foto del «después»). Vaya afición, se dirá, pero es que ahí encuentro una elocuente explicación del desastre: si tales patrañas no tienen límite, ni freno, debe de ser porque tampoco ha de tenerlos la voracidad con que las necesitamos.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 18 de agosto de 2011.
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2 comentarios:

turkish dijo...
21 de agosto de 2011, 2:42

http://www.southparkstudios.com/clips/230805/science-help-us

turkish dijo...
21 de agosto de 2011, 2:42

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