Maestros

Actor de un registro tan amplio que le permitía encarnar lo mismo a Pancho Villa que a Santa Claus, José Elías Moreno es recordado, sobre todo, por su interpretación de Don Cipriano, el profesor vejete, bonachón y ceguetas victimizado por sus alumnos en la película Simitrio (Emilio Gómez Muriel, 1960). La anécdota no puede ser más descarnada: los chamacos, que se la pasan haciéndole bajezas al profesor, endosan toda la responsabilidad a un tal Simitrio, un estudiante que nomás figura en la lista pero que jamás se ha aparecido en el salón. Don Cipriano, claro, que no distingue, se traga el cuento, hasta que el más pingo de todos (el que tuvo la idea original) termina rajando, compadecido al fin. Creo que Don Cipriano acaba muriéndose. La pasan en la tele cada 15 de mayo. Y claro: aunque es espeluznante, a todos los profes del mundo nos puede un montón.

Como repetía la maestra Baturoni en la secundaria —para que no le dijéramos, precisamente, «maestra»—: «Maestro hay uno y está en los cielos». Daba Inglés, pero ya no soy capaz de asegurar si prefería que usáramos el término «teacher»; lo que sí recuerdo es su horror al chicle, supongo que porque estar mascándolo en clase dificultaba la pronunciación correcta —o nomás porque no le parecía y ya. De otro profesor de Inglés, ya en la prepa, mi memoria únicamente conserva el apellido (cómo no: Zayas) y la miradita condescendiente con que reprobaba nuestros balbuceos al tratar de descifrar la letra de «Hotel California». Y así: conforme el olvido va volviéndonos borrosas las virtudes que pudieron distinguirlos en su momento, de muchos profesores que hemos tenido a lo largo de la vida van quedándonos apenas algunos de sus rasgos, sus gestos, sus manías o sus ratos peores, y sólo esas deficientes informaciones atinamos a recuperar cuando repasamos sus nombres o sus apodos. Alcaraz, por ejemplo (también en la prepa): daba Matemáticas, y se las ingeniaba para ir tapándonos, con su considerable masa corporal, la ecuación que iba despejando con la diestra en el pizarrón, al tiempo que la mano izquierda iba borrando sin darnos tiempo de tomar nota. O la seño María Luisa, en segundo de primaria, que tenía la maldita costumbre de reprender jalándonos las patillas: es, naturalmente, lo único que recuerdo de ella —y el aborrecimiento imborrable que le profeso. No sé qué materia daba La Marcianita, en la prepa, y de El Mamado (perdón, pero así le decíamos porque así estaba) nomás sé que una vez empezó a sacar del salón a todos los que se estaban riendo, y al final les dio la clase nomás a tres monos —éramos unos setenta—; Don Chebo, en la facultad, pretendía enseñarnos Latín con citas de Cantinflas; Arnoldo, en la secu, nos llamaba «idiotitas»; un imbécil apellidado Cabrera (daba Español, creo), era judicial y ponía la pistola en el escritorio. Etcétera. 
    Claro: cada quien tendrá su repertorio de anécdotas malas o pésimas con profesores, pero también —rascándole— otro bonche igual de impresiones entrañables. La seño Gloria Guerra Villanueva, pongamos, en cuarto de primaria, que llegado el momento de estudiar Historia nos permitía echarnos en el suelo para que nos contara de los aztecas: una maravilla. O el gran León Amadeo, que hacía prodigios de claridad y entusiasmo con una cosa como el Álgebra. O la querida maestra Guadalupe Ugalde, que cumplió heroica y felizmente con pastorearnos, a los secundarianos insoportables que éramos, por los prados extrañísimos de la Literatura Universal. Por accidentada que haya sido nuestra formación escolar, la gratitud acabará empatando con la perplejidad (¿cómo pudimos tener profesores tan insólitos y descabellados?). O eso quiero creer: ahora que me ha tocado ser profesor, sólo espero que no sean demasiado terribles los desfiguros por los que mis alumnos lleguen a recordarme —si me recuerdan alguna vez.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 13 de mayo de 2010.
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2 comentarios:

Verónica Nieva dijo...
13 de mayo de 2010, 13:41

¡Cómo no, La Marcianita! Ella me puso el único 100 que saqué en la prepa (a tí también te puso 100, estaba muy emocionada); nos impartía "Investigación Documental". Y sí parecía de otro planeta.

Yo creo que a tí te han de decir "El Chingón"...

Alejandro Vargas dijo...
11 de junio de 2010, 15:02

Yo te recuerdo como JIC y como me mostraste un mejor camino a la literatura. No tenía oportunidad de tirarme en el piso, pero si escuchaba, desde la esquinita, como nos recomendabas cosas.

Gracias!