Un regalito

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Está bien: no todo es negrura, y mientras nos sea dado encontrar maravillas como ésta, puede que el mundo no esté todavía tan podrido.

¿Inocentes?

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Este año, como todos los años cuando se terminan, fue un asco. El que está por empezar también lo será: sólo hay que darle oportunidad a que llegue a diciembre, aunque seguramente ya desde el mismo martes próximo irá dando muestras de su mala entraña: no hay razones para suponer que viene con mejores intenciones. Visto de ese modo, 2008 será el peor año de la historia, y entonces 2007 no habrá estado tan feo: el saludable ejercicio del pesimismo facilita estos consuelos ilusorios, fugaces, inservibles, pero consuelos al fin. De cualquier manera, la alternativa al ánimo agorero que aconseja alistarse siempre para lo peor (y lo peor siempre está por venir) es, más bien que el optimismo, la inocencia, pero entendida únicamente en su sentido de ignorancia. Inocente nadie es, y menos en este país.
La primera acepción que da el Diccionario de la RAE para el adjetivo «inocente» (que úsase también como sustantivo) es: «Libre de culpa». Se suele invocar esta noción cada vez que, ante el estado descompuesto de las cosas en la cosa pública, se quiere que los responsables resulten siempre quienes, con nuestra tácita anuencia, deciden, administran y dirigen, en nombre de una supuesta representatividad que dócilmente acatamos quienes los vemos hacer y deshacer con las leyes, los presupuestos, las negociaciones y las acciones que determinan las condiciones para que nos las arreglemos los demás. Sus ruindades y sus estupideces, sus caprichos y sus crímenes, son posibles gracias a que como sociedad los consentimos: no es sólo que los hayamos instalado en las posiciones que disfrutan (o que los hayamos dejado instalarse, eso nunca acabará de quedarnos claro), sino que los dejamos quedarse en ellas y prosperar en sus estropicios (y, cuando llegan al colmo, los dejamos desaparecer tranquilamente, como a Jorge Vizcarra, para poner un caso muy inmediato y evidente: desde la primera acusación en su contra estaba clarísimo que se iba a esfumar). Eso es connivencia, complicidad: culpa compartida.
La tercera acepción del Diccionario dice «Cándido, sin malicia, fácil de engañar». Claro, podría pensarse que eso sí lo somos —y que ello explica, por ejemplo, la existencia de esa pasmosa industria de la estafa que es la televisión abierta en México—, pero tampoco: el timo y la chapuza consustanciales a nuestra vida diaria demuestran el altísimo índice de malicia con que nos conducimos, y otra cosa es que el engaño sea la única moneda que sabemos manejar. La sexta y última acepción de «inocente» consiste sencillamente en un sinónimo: «ignorante». Y acaso sea la única que corresponda a la realidad, si insistimos en pasar por inocentes.
No tiene mucho caso, desde luego, arribar a la noche del 31 de diciembre en estado de crispación y desesperanza: después de todo este año horrendo se acaba, y quizás convenga festejar eso. Y celebrar que, como el año entrante pinta todavía más negro, finalmente no acabó yéndonos tan mal.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 28 de diciembre de 2007.

El olvido

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La obstinación memoriosa, el empeño de formular incesantemente recordaciones, colectivas o secretas, esa pobre defensa contra la muerte que consiste en prorrogar la extinción de los hechos y sus consecuencias y, en fin, la voluntad irreflexiva por la que nos volvemos una y otra vez hacia el vacío que creemos lleno con cuanto hemos sido: difícilmente se admite que todo esto carezca de sentido, y por el contrario, parece preferible celebrar y admirarse cada que se rescata un trozo del tiempo pasado y se puede extenderlo y revisarlo sobre los minutos del presente por el que transcurrimos, incautos e inútiles: como si en recordar tuviéramos la mejor manera de olvidarnos de nuestra propia desaparición progresiva.
Estos días, con su desgano y su intensificación del silencio —la claridad de las mañanas y de las noches, sobre todo de las noches, facilita estupendamente la consecución de una rara vigilia durante cuya ocurrencia, a poco de prestar atención, se advierte cómo va bajando el volumen de las cosas, y cómo en ese acallamiento toda figura y toda presencia dan la impresión de estar alejándose, como si el ir y venir de los demás tuviera lugar en una pantalla, una película muda cuya trama es imposible discernir, aunque seguramente será más bien absurda o demasiado simple—, estos días propician toda suerte de conmemoraciones, algunas más tumultuosas y otras íntimas e indecibles: por un lado, es la imposición de rituales que, por más que se busque eludirlos, quedan siempre a la vista y nos obligan a, por lo menos, imaginarnos en ellos: la confabulación de los famosos «seres queridos» y demás formas del compromiso dispuestas como una emboscada casi inevitable en torno a la soledad y sus dones; pero, por otra parte, es también que en la tregua de las rutinas y de la entrañable vida de todos los días, es grande la tentación de comenzar a sacar cuentas, hacer balances y revisar el saldo de la edad que ha venido sumándose, con sus desventuras y sus dichas: si toda contabilidad es odiosa, mucho más lo es la del alma, pues su ejercicio arroja siempre pocas ganancias y muchas pérdidas. Y no hay ventanilla donde valga solicitar revisiones y enmiendas. O sí la hay, y es la memoria, pero nadie despacha ahí más que nosotros mismos.
Este diciembre, es de esperarse, pasará: como el último, y como los últimos nueve, y como los últimos mil. De poco valdrá, cuando desaparezca, haberse desperdiciado en las fugaces efemérides que trae consigo. La obstinación memoriosa no tiene otra recompensa que la mera obstinación. Así, lo más sensato es dejar que la ciudad haga lo que le venga en gana, ignorar sus afanes de seducción (qué aviesamente se propone, en este tiempo, tendernos trampas: cómo se le llenan las calles de ausencias), apartarse cuanto sea posible para aprovechar este silenciamiento precioso, y atenerse a la certeza que dispuso Borges en el primer verso de su poema «Everness»: «Sólo una cosa hay. Es el olvido».

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 21 de diciembre de 2007.

El cuerpo por escrito

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Hace poco más de 17 años comenzó a circular en México un libro que pronto convocó una admiración generalizada y una creciente curiosidad por su autor, un escritor inesperado y hasta insólito sobre quien escaseaban los datos —y los que había parecían más bien extraños: era especialista en patología pediátrica y, aunque mexicano, había ejercido su profesión desde hacía décadas en prestigiosos hospitales de Estados Unidos y Canadá. El volumen (que apareció primero en inglés y ya había sido distinguido por un importante premio) se titulaba Notas de un anatomista, y lejos de ser un manual técnico o un texto de estudio dirigido a médicos en ciernes, su carácter sorprendente radicaba en que abría, por la vía del ensayo literario, un acceso franco y generoso a un tema inagotablemente fascinante: el cuerpo humano. Desde entonces, el doctor González Crussí no ha dejado de brindar a sus lectores —una cofradía reducida al principio, que ya va siendo una pequeña multitud— incontables ocasiones de descubrimiento y asombro en su apasionante incursión en los misterios que alberga la materia de que estamos hechos. «Cualquiera diría que el cuerpo siempre se da por descontado; que en todo lugar el cuerpo es algo indiscutible y aceptado en igual forma. Pero no es así»: son las líneas inaugurales de La fábrica del cuerpo, uno de los títulos más recientes del médico ensayista: una historia del conocimiento anatómico a través de los siglos, pero también una lúcida reflexión, profusamente ilustrada con relatos e imaginaciones, acerca de la naturaleza humana más íntima y más universal.
Francisco González Crussí, lo ha contado él mismo en las conmovedoras páginas autobiográficas de los libros Partir es morir un poco (publicado por la UNAM en 1996) y There Is a World Elsewhere (aún inédito en español), tuvo sus primeros encuentros con las ciencias médicas en la pequeña farmacia que su madre sostenía en la Colonia Obrera de la Ciudad de México. En pos de las posibilidades que su entorno natal le negaba, el joven médico debió marchar al extranjero, para ya nunca regresar definitivamente. Autor prolífico de artículos y libros de su especialidad, profesor emérito de la Northwestern University de Chicago (ciudad donde todavía reside) y editor en jefe de la revista Pediatric Pathology, a la vuelta de los años se encontraría de vuelta en la que fue su vocación inicial: la literatura. Así, a Notas de un anatomista han seguido libros como Mors repentina. Ensayos sobre la grandeza y miseria del cuerpo humano, Los cinco sentidos, Sobre la naturaleza de las cosas eróticas y Día de muertos y otras reflexiones sobre la muerte —todos escritos originalmente en inglés—; más recientemente han aparecido otros como Horas chinas —donde da cuenta de su fervor por una cultura que no ha dejado de impresionarlo en sus dilatados viajes— o Venir al mundo, en el que Ruy Pérez Tamayo, también médico y también escritor, constató algunas claves estilísticas: «La legendaria erudición de González Crussí se acompaña, como acostumbra, de una gran fluidez narrativa, que hace volar las páginas con soltura y elegancia». La suya es una erudición, en efecto, que hace pensar en los hombres del Renacimiento: una incesante curiosidad que va procurándose, sin descanso, las informaciones que precisa. Pero González Crussí también dispone, sin falla, de la astucia ensayística que consiste en compartir sus hallazgos con inmejorable claridad, a menudo con sabrosas disquisiciones o propiciando un misterio en la lectura que permite a ésta progresar como una experiencia absolutamente gozosa y muchas veces divertidísima (el recuento que hace, por ejemplo, de la accidentada historia del prepucio de Cristo, cuando habla del comercio de las reliquias en la Edad Media, en uno de los ensayos de La fábrica del cuerpo).
«Hay sólo dos temas dignos de ser escritos o leídos: el amor y la muerte: eros y thanatos», se lee en uno de los ensayos de Mors repentina. Y, ciertamente, tales son los temas cardinales de Francisco González Crussí. Nada menos.

Publicado en Magis.

Terregal

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Mírenla nomás. O sea. Capaz que he de estar equivocado. Pero la frase que quiero como mi epitafio es, precisamente, «Prefiero estar equivocado»(Foto: MURAL)

Más allá de los exabruptos preverbales con que los fanáticos han hecho constar, en sus blogs, sus maispeices y sus feisbucs la conmoción que experimentaron tras el Festival Sonofilia, lo que más ha abundado del sábado-domingo para acá son puras quejas y remilgos: ¡qué terregal!, ¡qué baños tan cochinos!, ¡qué lejos fue, y qué lento estuvo el tráfico!, ¡qué terregal! (otra vez), ¡qué caro salió el boleto! Cuánta delicadez y qué ganas de fastidiarse: por más que haya sido una necedad realizar el festival al borde de la Barranca —cosa que, apenas se metió el sol, careció de todo sentido, por lo menos para los presentes: alguien dijo que se eligió el lugar porque así lo decidió la vidente particular de Björk, como si fueran a bajar ovnis—, lo cierto es que difícilmente se habrá visto en estas tierras un masivo tan bien organizado: claro que hubo mucho tráfico y que fluía muy despacio, pero nadie se quedó sin llegar; claro que los baños estaban atestados y eran como entradas al infierno, pero a nadie le reventó una tripa; claro que estuvo caro, pero no hubo reventa ni escasez de entradas. Y claro que acabamos todos enterregados: pero eso se arregló llevando a lavar el coche y mandando a la tintorería el frac y el sombrero de copa. Lejos del Apocalipsis que vaticinaba más de algún profeta de la exageración alarmista (parecía que habíamos vuelto a los ochenta y que iba a tocar Kiss en México: ¡huy, el Diablo!), la cosa transcurrió de lo más tranquila.
Demasiado tranquila, de hecho. Hasta daba miedo. Qué raro se comportan los fans de la cantautora islandesa: será que, como alguna vez escribió Rodrigo Fresán, «Björk es tan moderna y hace tan moderno al que la cosume...». Al quedar al margen de la devoción mística que mostraba la enorme mayoría de los presentes, estáticos y extáticos, cuando salió la mujercita con un como mazapán gigante en la cabeza y empezó a dar de alaridos (Fresán advirtió también: «Hey: ¡Björk es un mimo que grita!»), el que esto escribe pudo constatar, primero, que los conciertos ya no son lo que eran (en el área de comida vendían sushi, por ejemplo, y pastelitos), y segundo, que la brecha generacional existe y es más ancha que la Barranca de Huentitán. ¿Qué oían, realmente, y qué sentían quienes ahí estaban siendo arrebatados a los cielos? Misterio. Por más traguitos que se dieran a la cubeta de whisky con hielo con que nos abastecimos (ésa es otra: whisky a la venta en un concierto, habráse visto), las luces multicolores y las pantallas y una escenografía como saqueada de Turandot no permitían —a uno, pues— distinguir razones entre los gruñidos y los trombones y los gemidos. Fresán otra vez (es que es impecable en su perplejidad): «Björk —como ocurre con el Tarot, el I-Ching o el Horóscopo Esquimal— está perfectamente diseñada para significar lo que quieras que Björk signifique». Será eso, o será que todo es un muy célebre malentendido. O será que, si es tan fácil no entender nada, a lo mejor nada hay. Puro terregal y puro frío.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 14 de diciembre de 2007.

Postdata del viernes 21 de diciembre de 2007
En un comentario a este artículo, Édgar Mondragón reclama que al menos reconozca eso que, ahora lo sé, se llama «reactable»: un chunche electrónico que, por lo visto, es la maravilla para los seguidores de Björk. Ahora lo recuerdo: en el concierto, las pantallas al lado del escenario mostraban unos deditos que se desplazaban sobre una especie de pantalla —otra— táctil, y también una como vista de un cultivo microscópico donde los ignorantes como yo veíamos algo parecido a un óvulo siendo fecundado por el espermatozoide ganador (cosa que, de hecho, se le ocurrió a una amiga, Verónica, cuando estábamos ahí: «Ay, no, mira la genética, qué miedo», decía). Bueno. El caso es que Édgar me ha pasado este video, donde más o menos se ve cómo funciona el chunche de marras. Hagan de cuenta.



La pachorra

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Pasa cada año y no por eso deja de ser sorprendente: al llegar diciembre todos los motores de la rutina van perdiendo empuje, y antes incluso de que se inauguren los períodos oficiales de vacaciones se vuelve cada vez más evidente cómo cedemos a la desaceleración que nos conducirá, como cada año, a postergar toda clase de pendientes para la llegada de enero (o bueno: para cuando enero ya vaya adelantadito, por ahí del 10 o el 15). La gente se va o está por irse, todo mundo se apresta a bajar la cortina, un plácido suspenso se cierne sobre las calles y, aparte del bullicio propio de celebraciones y convites, va imperando un silencio tranquilizador en torno a toda la famosa realidad. Diciembre es el tiempo mágico en que se descubre que lo urgente no existe sino como una fantasía neurótica, y que siempre hay manera de intercalar pausas en el frenesí de la vida de todos los días: el mundo no se acaba si nos omitimos de él por un rato.
Claro: para muchos, el mes que corre supone apenas el canje de unas neurosis por otras: las que acarrea el cumplimiento de los compromisos sociales y familiares que se multiplican por estas fechas. Nada más efectivo para reventar el sosiego —que tan naturalmente debería prevalecer gracias a la fórmula fabulosa «Mejor lo vemos empezando el año, ¿no?»— que aventurarse en excursiones insensatas por los centros comerciales para comprar regalos, antes o al mismo tiempo que se reparten las dos semanas que siguen entre comidas, cenas, brindis y posadas, y a la vez que se alistan las celebraciones culminantes, las del 24 y el 31, y si éstas exigen desplazarse fuera de la ciudad o recibir a quienes se desplacen a ésta, tanto peor. Es el modo inmejorable de sabotear, con prisas y angustias, con inumerables corajes, contrariedades, decepciones y frustraciones —además de los imperdonables derroches que traen consigo los arrebatos de fraternidad o los meros «detallitos» para quedar bien, o no tan mal, con gente a la que poco o ningún interés, en tiempos de cordura, tendríamos de agradarle ni agradecerle ni mucho menos darle ninguna alegría—, y eso aparte del cansancio, la gastritis, las jaquecas y demás dudosas recompensas que se obtienen con la comparecencia en festejos donde, ni modo, hay que comer y beber sólo porque ahí están la comida y la bebida: cada vez que decimos «¡Salud!» es porque estamos despidiéndonos de ella, y además lo hacemos con alegría, como si nos deshiciéramos de una alergia o de una deuda o de una compañía indeseable.
Pero la pachorra, como una fuerza de la naturaleza, acaba imponiéndose y aplacándonos. Es lo mejor y acaso lo único provechoso de estos tiempos: esta ralentización del ritmo, la posibilidad de hacerse a un lado y dejar que pase a toda prisa la vorágine que arrasa con tanta humanidad. Lo prudente, entonces, es no resistirse al influjo bienhechor de la pachorra, y procurar que estos días calmudos transcurran en santa paz.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 7 de diciembre de 2007.

Ya qué

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Rubem Fonseca y Sergio Pitol: al primero está muy bien que lo traigan: es un genio absoluto. Al segundo, con todos sus méritos, es descorazonador verlo esforzarse por hablar. ¿Para qué la crueldad? (Foto: Cortesía FIL/Michel Amado Carpio)

Sábado por la mañana. Ahora el caos corrió por cortesía de Marcelo Ebrard. Ya les gustó, a los políticos, aprovechar el escenario de la Feria para sus evoluciones mediáticas. Y, claro, de lo que se trata es de salir en las fotos hojeando libros, sonriendo, como si todo esto realmente les interesara. Así fueran de activos para trabajar en pro de la cultura y de la ciencia en México. Pero lo bueno es que la Feria no deja de ofrecer la posibilidad de ignorarlos como se merecen.
Viendo y escuchando a Rubem Fonseca, por ejemplo. En la primera mesa del Encuentro Internacional de Cuentistas, la noche del viernes, el viejo abrió fuego leyendo un cuento pornográfico. Así, brutal, hardcore. Acto seguido, se sentó a escuchar a los demás de la mesa, mientras rayaba algo en un papelito, tan tranquilo. Estuvo de lo más bien: lo triste, sin embargo, fue descubrir que el encuentro tal no tenía ni pies ni cabeza, y que sólo la estatura de los cuatro participantes (Fonseca, Sergio Pitol, Luisa Valenzuela y Ednodio Quintero) justificaba soplarse dos horas ahí, a ver qué se les ocurría decir. Fue particularmente dramático constatar las dificultades que tiene Pitol para articular palabras: ¿por qué se empeñaron en tenerlo ahí? Muy amargo.
Estos últimos momentos de la FIL voy aprovechándolos para terminar de comprar libros. No pude evitarlo: Titino —que así se llama mi maleta— ya se descosió de tantos volúmenes que le he metido. Todavía tengo que darme una vuelta más por la librería del Pabellón de Colombia, que tiene muchas joyitas —varios títulos de R. H. Moreno Durán, pongamos, autor que recomiendo ampliamente. A propósito, qué bien se ha puesto el Café Literario: vale la pena seguir asomándose por ahí, para conocer a los escritores que han estado desfilando. No dejo de lamentar la ausencia de Fernando Vallejo, de quien nadie ha parecido acordarse, aun cuando es uno de los colombianos más estremecedores. Ah, pero no se trate de aplaudirle a la Botarga Bigotona (dado el éxito de este mote, propongo que ya siempre se le diga así: «Gabo» que le diga su mujer)...
Sigue Italia. A ver cómo le hacen, pero necesitan traer, de perdida, a Baricco, Tabucchi, Eco, Magris y Calasso. Habrá que ir apuntándolos en el Club de Amigos de Carlos Fuentes, para que les vayan comprando el boleto. Quiero confiar. Por lo pronto, un cafecito colombiano para despedirnos, y ni modo: a oír a los Aterciopelados en la noche. Ya qué.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el domingo 2 de diciembre de 2007.

Rockstars

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El invitado que más hace falta en la FIL: Herodes. La infestación de chamacos, este viernes, fue sencillamente aterradora. Maestros de Jalisco: entiendan que acarrearlos no le sirve a nadie. Platíquenles de la Feria, aliéntenlos a asistir, pero no los obliguen. Especialmente usted, la maestra gordita y neuras que vi tomando lista en un pasillo. ¿Qué les va a hacer a los que faltaron? ¿Los va a reprobar?
Arturo Pérez-Reverte es otro de los escritores que no fallan a la hora de atestar salones. No digo que esté bien ni que esté mal: sólo que yo veo cada vez con más recelo el tratamiento de rockstar que se suele dispensar a determinadas estrellas en la Feria. No soy tan necio, tampoco, para no entender que la espectacularidad conviene a las editoriales, pero sí me preocupa —bueno, ni tanto: es un decir— que los lectores conquistados por tales figuras terminen siendo solamente lectores de estos pocos y nada más. Digamos que es el síndrome Harry Potter: ¿cuántos de los entusiastas fans del maguito traumado han agarrado otros libros más adelante? La FIL podría, se me ocurre, ir averiguando qué tanto funcionan las presentaciones masivas para crear lectores de verdad, es decir: lectores con criterio que no sólo consuman lo que la mercadotecnia editorial les manda.
Un tema por demás atractivo respecto a la presencia colombiana: la literatura enfrentada a la tremenda realidad que se vive en ese país, y qué se hace con ello. Es la mesa titulada «¿Cómo se cuenta y se exorciza la violencia de Colombia?», donde participará, entre otros, Héctor Abad Faciolince, uno de los narradores más interesantes que vienen a la Feria. Ahora: si preferimos ponernos frivolones, también hoy va a estar José Ramón Fernández (para preguntarle qué se siente ahora que Carlos Albert y él ya «volvieron»). El día va a estar surtido: moneros (Rius, Helioflores), periodistas, el tepiteño Armando Ramírez, rockeros (éstos sí: José Manuel Aguilera, Javier Corcovado), Ángeles Mastretta... ¡hasta Marcelo Ebrard! Un buen día para dedicarse a ver libros con toda calma y, salvo lo de los colombianos que digo, apartarse de los tumultos que habrá en los salones grandes y chicos.
Tres días llevo estacionándome en el baldío que hay cruzando Mariano Otero. Chico terrenote, como para hacer ahí otra Feria: nomás que le echen agüita para que no se levante el terregal. Todo sea por seguir aquí, y más ahora que Ana Colchero ya llegó.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el sábado 1 de diciembre de 2007.

Lucirse con las visitas

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Mírenlo, tan contentote. Mientras, una multitud afuera de la Expo, detestándolo merecidamente. (Foto: Cortesía FIL/Joaquín Rúa)

Avanzada como va la Feria Internacional del Libro, lo ocurrido en sus primeros momentos es natural que se pierda en el torrente de actividades que han seguido en la semana, y sin embargo conviene hacer un breve viaje al pasado (al sábado pasado) para agregar algo sobre el vergonzoso y considerable contratiempo que supuso la presencia de Felipe Calderón en la inauguración de la FIL.
Lo primero es desear que la visita de Calderón, y el consiguiente secuestro de la Feria por parte del Estado Mayor Presidencial, hayan servido de algo. Es decir: ojalá, por lo menos, los funcionarios y los políticos (no siempre son lo mismo: los segundos qué más quisieran) hayan sabido sacarle al Ejecutivo federal algo para Jalisco, para la Universidad, para el mundo del libro. Estos actos molestos e indeseables, con su pompa y su aparato, han de tener necesariamente un transfondo de conveniencia, y, si no, resultan absurdos. Según lo dicho, por ejemplo, Calderón se habría comprometido a impulsar las reformas a la famosa Ley del Libro, pero como ha observado Alberto Ruy Sánchez, el editor de Artes de México, está por verse si tal apoyo será completo y útil. ¿Se habrán hecho, durante las visitas, los «amarres», como se dice, para que eso finalmente prospere? No lo vamos a saber hasta que lo sepamos.
Por lo pronto, la presencia de Calderón en la FIL demostró con qué cálculo se maniobra para mantener intocada y a salvo de objeciones manifiestas esta presidencia virtual que México tiene desde hace un año. Una cosa son las razones de seguridad que exige toda aparición del mandatario —hasta cierto punto comprensibles y tolerables: ya no son tiempos para que los presidentes paseen en convertibles y se den baños de pueblo—; otra muy distinta es el despliegue de un escudo protector que nos impide, a los mexicanos, verlo o escucharlo en vivo, y ni siquiera por la radio o por la tele. Calderón, evidentemente, no se ha acostumbrado al repudio con que se suele recibirlo por dondequiera que pase, y tal repudio no ha dado señales de menguar. La consecuencia, claro, es que se busca a toda cosa impedir que eso se vea o se registre. Y, por ello mismo, no deja de ser enigmático el silencio de Fernando del Paso cuando tuvo tan cerca a quien, el año pasado, mereció su descalificación y su sonoro reproche en el Zócalo. ¿Prefirió, Del Paso —y habrá estado, desde luego, en todo su derecho—, resguardar la naturaleza literaria de su premiación y dejar para otro momento sus inconformidades? Porque, es de esperarse, habrá de conservar todavía algo de esas inconformidades, pues hay una cosa que se llama congruencia. ¿O fue persuadido, o se persuadió él solito, de que la hospitalidad, como universitario que es, imponía conducirse con prudencia?
Salvo unas señoras (dos) a las que, de paso por la Expo cuando el gentío aguardaba para entrar, les dio por gritar «¡Viva Calderón!», es difícil dar con alguien que haya quedado contento con esa visita. Bueno: el propio Calderón debió quedar feliz. Hasta cantó.

Qué inexplicable el silencio de Fernando del Paso. Qué inexplicable o qué pena. (Foto: Cortesía FIL/Bernardo De Niz)

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el sábado 30 de noviembre de 2007.

¡Payasitos!

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¡Puf! Bien sabía yo que el jueves iba a atascarse esto. Y se atascó. Ya qué caso tiene renegar: no se les va a quitar a los profes de secundarias y prepas la pésima costumbre de traer u obligar a venir a sus rebaños de bestezuelas. Así que, resignado y resuelto, me abrí paso como pude para estar un ratito en la mesa titulada «¿Cómo chingados se usa el español?», nombre elegido con mucho tino, como observó Gonzalo Celorio, pues la gente, adonde oiga leperadas, seguro que va. Lo mismo que adonde esté Carlitos Loret de Mola, figurín de la tele que lució encantado de descubrir las posibilidades del verbo «chingar» y sus derivados: lástima que, si las suelta al aire, le van a lavar la boca con jabón. Estuvo entretenido, y supongo que de eso se trataba. Ninguno de los cuatro participantes (Celorio, Grijelmo, Samper Pizano y Villoro) estuvo particularmente brillante, pero la gente se divirtió con sus chistosadas.
De risa loca, eso sí, estuvo la presentación del libro 62 maneras de apoyar la cabeza, la noche del miércoles. Para empezar, estaba anunciada la presencia del autor, G. Ch. Lichtenberg (y hasta tenía identificativo en la mesa): el pequeño inconveniente fue que Lichtenberg murió hace 208 años. Luigi Amara, Antonio Ortuño y Juan Villoro, como sea, se las arreglaron para hacer el encomio de este bello y utilísimo manual (y ociosísimo, todo hay que decirlo), que Amara bien llamó «un Kamasutra de la melancolía». Ortuño propuso otro, que reúna tantas o más maneras de patear un poeta, y al final nos tomaron fotos a todos los asistentes sosteniéndonos la maceta como solía hacerlo Octavio Paz. A propósito de editoriales independientes —este libro lo publica Tumbona Ediciones—, es en sus stands donde he ido haciendo los mejores hallazgos. Como, además, son los títulos que más difícilmente circulan, más vale ir a husmear por ahí, pues los de los grandes sellos de cualquier manera se pueden conseguir en otro momento que no sea la FIL.
Lo que acabo de ver en el programa: ¡SÍ VIENE ANA COLCHERO! Presenta hoy a Daniel Samper Pizano en «El Placer de la lectura». Seguro que ahí voy a estar, peinado con limón. (Y capaz que me llevo la novela que presentó el año pasado, a ver si me animo a pedirle que me la firme: lo malo es que, como nomás la compré por la foto de la contraportada, voy a tener que quitarle el celofán).

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el viernes 30 de noviembre de 2007.

Cuánta cosa

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Como hoy, jueves, ya la Feria vuelve a estar abierta para todo el mundo desde la mañana, el ajetreo se intensifica. El día promete estar agitado, y más porque tradicionalmente los jueves es cuando los profes de secundaria arrean a sus alumnos para que invadan todos los rincones. Pero la cosa se anima, y qué bueno. Ya iba yo hartándome de que lo más entretenido fuera ir a verles el ombligo a las edecanes de McGraw-Hill. ¡O a la de Corona, que es la campeona de todas! Claro, es que ésta además tiene buena actitud: se pone para las fotos, saluda, regala chela...
Hoy, además, el programa está señalado por una cierta picardía que celebro. Lo primero es el tema de la mesa que reunirá a Juan Villoro, el periodista español Álex Grijelmo, el colombiano Daniel Samper Pizano (muy simpáticos ambos tres), y —qué se le va a hacer— Gonzalo Celorio: «¿Cómo chingados se usa el español?». Luego de eso pienso asomarme al segundo de los diálogos titulados «El sexo en la literatura y la literatura en el sexo» (sobre todo porque hoy la moderadora será Laura Barrera, la conductora de Ventana 22 que, por cierto, transmite en vivo desde el templete que hay en el pasillo principal: ahí me la he pasado diario, a las ocho de la noche). También es el día de Anabel Ochoa, pero ella me da miedo, lo mismo que Lydia Cacho y Gaby Vargas: las presentaciones de todas van a estar atestadas, de seguro. ¡Uy! Y además, en la inauguración de «Los Continentes de la Palabra» va a estar Margo Glantz, que igual me asusta... ¡Y Raquel Tibol! Mejor marqué una cosa que nomás dice «Playboy, 5to. Aniversario», a las 19:00 horas.
Pero la presentación estelar, para coronar este día candente, será —espero— la de Rubem Fonseca. El brasileño, sin duda, es uno de los pocos indispensables de este año, y habrá que aprovecharlo. Aunque esa escasez de grandes figuras a veces supone el riesgo de que, las que hay, terminen repitiéndose: el martes, cuando presentó su novela El viento de la luna, Antonio Muñoz Molina reconoció que lo preocupaba ver ya tantas caras conocidas escuchándolo. «Me da terror ponerme pesado», dijo, y eso que todavía le faltaba una aparición más. ¡Cómo los hacen desquitar el viaje! De cualquier modo, es una alegría que regrese Fonseca (el escritor; a su tocayo, el músico colombiano que toca hoy en la explanada, no tengo el gusto de conocerlo, pero igual me animo a quedarme esta noche. Sabe: como que ya me prendí).


Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el jueves 29 de noviembre de 2007.

A ver qué

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Ya en años pasados lo había notado, pero ahora va quedándome más claro que nunca: hay dos ferias que transcurren al parejo y son mutuamente indiferentes. Una es la que presencia la gente que acude a ver y comprar libros, a escuchar a sus ídolos en los actos masivos, a disfrutar los espectáculos o a pasear con los niños. Otra es la que hacen quienes tienen, digámoslo así, intereses profesionales: editores, libreros, bibliotecarios, académicos, funcionarios universitarios, políticos de toda laya, etcétera. En esta segunda es en la que se encuentran, también, los llamados «invitados especiales»: escritores mayores, menores y medianos que, por razones a menudo misteriosas, deambulan en los salones, los pasillos, los cocteles —sobre todo los cocteles— y el vestíbulo del Hilton.
Yo, desde luego, pienso que la primera de estas ferias es la más importante, como un acontecimiento cultural que brinda numerosas ocasiones de descubrimiento y deleite a la gente. Pero entiendo que es la otra (es fácil reconocerla porque siempre pasa por ahí algún miembro de Letras Libres, o porque Raúl Padilla la cruza corriendo) la más redituable y que no se puede dejar de prestarle atención —por soporífera que pueda resultar. De modo, pues, que he tenido que ir asomándome a lo que ocurre en esas esferas donde los personajes se conducen de modos tan chistosos. Por ejemplo: la noche del lunes, en la presentación del suplemento Babelia, del diario El País, llegué a tiempo para alcanzar a ver cómo Jorge Volpi andaba buscando con quién platicar; Muñoz Molina se escondió detrás de una señora cuando el director del periódico español le pidió pronunciar unas palabras; Carlos Fuentes abandonó el salón, acompañado por su esposa, como apurado por una urgencia intestinal (bueno, esa impresión me dio, yo qué voy a saber)... ¡Y lo más raro! Ahí andaba el cuñado de Felipe Calderón, Juan Ignacio Zavala. ¿Por qué?
Luego, ¡ay!, la tradicional fiesta en el Veracruz. No sé por qué fui, si los tipos duros no bailamos. Nomás me sirvió para que viera entrar a Nicolás Alvarado (el que salía en La Dichosa Palabra) con una cámara de televisión detrás de él, paseando su considerable tonelaje entre las mesas, como si hubiera llegado Luis Miguel. En fin. Por eso, mejor concentrarse en lo interesante: hoy están las mesas de escritores irlandeses y nórdicos. Algo nuevo, siquiera, para ya no estar oyendo siempre a los mismos. Hay que ir, a ver qué.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el miércoles 28 de noviembre de 2007.

Nomás que tiemble

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Pongámoslo de este modo: a las incomodidades de circular por el estrechísimo pasillo del Centro de Negocios se suma una preocupante inseguridad. No quiero pensar lo que sería un incendio o la estampida provocada por un temblor. Toda la gente sale de las presentaciones al mismo tiempo, toda la gente se queda ahí atorada, haciendo chorcha, y entre los apretones, el sofoco, los empujones y las palmetadas en el lomo que sabemos darnos con los amigos que da gusto encontrar (se me hace que ayer dejé apostemado a Luigi Amara), es el puro horror.
La noche del domingo fui escolta de Kate del Castillo. Estábamos, un camarada y yo, nomás lerendeando y haciendo tiempo, cuando la vimos pasar rodeada de edecanes, edecanos y dos policías. Y ahí vamos, listos para quitarles las cámaras a los paparazzi. Mientras llegábamos al salón donde presentaría su libro dimos en especular sobre los tormentos que, por lo visto, ahí describe. Al final admitimos la desilusión con esta apreciación de mi amigo: «A mí se me hace que está más guapo Luis García». (Otra estrella —si bien apagada, oxidada— es Anel, que presentará, como Kate, el relato de su vida desgraciada: le hubieran hablado a Tatiana para hacer una vez un congreso. ¡Qué buen nivel está agarrando la Feria, no cabe duda!).
Tumulto en el homenaje a Álvaro Mutis. Está bien: aunque a mí me revienta la adoración que la gente le rinde a Gabriel García Márquez, celebro que éste, con su presencia, haya convocado a tal multitud en torno a su paisano. Mutis, poeta supremo y originalísimo, profundamente conmovedor e iluminador, merece tener muchos más lectores, y cuanto se haga en pro de ello está bien —así haga falta recurrir a la botarga bigotona. A ver si quienes veneran al Nobel de Aracataca se animan, por la recomendación de éste, a descubrir al padre de Maqroll o a reencontrarse mejor con él.
Los «días de profesionales» (cuando la gente normal no puede entrar sino hasta pasadas las cinco de la tarde) son los mejores para buscar y comprar libros. Claro: para los privilegiados que contamos con gafete. Es lo que he hecho el lunes. Sin mucho éxito: los libros no sólo están carísimos —los descuentos siempre son sospechosos—, sino que además me da la impresión de que a los expositores cada vez les importa menos la venta al público, y traen prácticamente lo mismo del año pasado. No hay grandes novedades ni grandes hallazgos. Viendo cómo está por crecer Expo Guadalajara, quedo pensando si el año entrante la Feria por fin se propondrá innovar en lo concerniente a la exposición y venta de libros. Porque ahora, como están las cosas, es un tedio enorme.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el martes 27 de noviembre de 2007.

Así pues

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De no haber venido Muñoz Molina, quién sabe qué habría pasado en los primeros días de la FIL: ¿cómo habrían hecho para entretener a la gente, si él fue prácticamente el único personaje interesante? (Foto: Cortesía FIL/Michel Amado Carpio)

No falla: ante las amenazas del aburrimiento, siempre las perplejidades hallan modo de meterme zancadilla en la FIL. Ejemplos: ¿por qué los empleados del stand de Random House-Mondadori andan vestidos como Jesucristo? ¿Por qué en el del Grupo Editorial Esfinge —pero, bueno, aquí es más comprensible—, los disfraces son tipo Cleopatra y Tutankamon? Y otra: ¿qué les dio, ahora, por poner «edecanos»? Quiero decir: en los actos principales sigue habiendo muchachas, pero ahora también hay trajeados puestos ahí nomás para decorar. Y una más: ¡hoy viene Diego Verdaguer! Lo traen a presentar a un señor que, según eso, vende un libro cada seis segundos.
La noche del sábado ya iba yo de salida y de repente me topé con el maestro Antonio Alatorre. «¡Lo sigo!», reaccioné, y me fui detrás de él porque como que no encontraba a dónde tenía que dirigirse. Al fin alguien lo orientó: era la presentación de Sor Juana a través de los siglos, los dos formidables tomazos que armó sobre los comentaristas de la monja. Empezó el acto, y una académica, Martha Lilia Tenorio, se encarreró en la lectura de un texto que sí, estaba muy padre y era muy interesante, pero ¡casi cuarenta minutos se aventó, la creatura! De modo que cuando Alatorre empezó a hablar, inmediatamente una edecán (o un edecano) le pasó el maldito papelito que dice: «Le quedan cinco minutos. Concluya, por favor». Alatorre, estaremos de acuerdo, es el mayor de los escritores jaliscienses vivos, y una de las mentes más brillantes y más prolíficas de la cultura iberoamericana, para acabar pronto. Y, gracias a la otra abusiva, y a que el tiempo apremiaba, nomás alcanzamos a escucharlo como diez, quince minutos. Una lástima.
La mañana del domingo, la inauguración del Salón Literario, con Antonio Muñoz Molina, estuvo a todo dar. Empezó reparando en lo asombroso que le resulta ver que todo esto (la Feria, el gentío) funcione a partir de un principio muy simple: poner en contacto a quien tiene el hábito de escribir con quien tiene el hábito de leer. Y luego hizo una larga y rica reflexión sobre las posibilidades de la ficción y el servicio que ésta presta a nuestra vida. Ilustró con ejemplos inmejorables, de Joyce a El Chavo del Ocho, y lo que a mí más me alegró fue descubrir que es un admirador concienzudo ¡de Seinfeld! Total, una delicia.
El lugar común afirma que los colombianos hablan el mejor castellano del mundo. Daniel Samper Pizano, escritor, humorista y académico de ese país, ha aclarado que, más bien, son el pueblo que más ama su lengua. Y yo lo que pienso es que, por la musicalidad del acento, el castellano de Colombia es el más bonito. ¿No?

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el lunes 26 de noviembre de 2007.

A qué viene

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¿Qué hace Álvaro Mutis en compañía de éstos? ¡Cuídese, poeta, no se junte con cualquiera! (Foto: Cortesía FIL/Michel Amado Carpio)

Todo fue aproximarme a las inmediaciones de la FIL, ayer por la mañana, para entender que no habría manera de ingresar. Una multitud, que fue creciendo conforme pasaban las horas, se aburría y se impacientaba, y todo porque en México, como es bien sabido, quien manda es el Estado Mayor Presidencial, desplegado en torno a Expo Guadalajara para evitar que nadie le hiciera mala cara a Felipe Calderón, el Presidente virtual (pues nadie que no tenga un salvoconducto puede verlo ni siquiera de lejos). Cuántos mimos y cuántas precauciones se tuvieron para que la presencia de Calderón no fuera afeada por quienes lo repudian: aunque no faltó una mujer que lo increpó, se llegó incluso a cancelar (¿con qué objeto, señor Rector?) la transmisión en vivo que Radio Universidad de Guadalajara tradicionalmente hace de la ceremonia inaugural y de la entrega del Premio RulFIL, o como quiera que se llame esta vez. (Bueno, ¡ni a Monsiváis dejaron entrar!)
Fernando del Paso, en un discurso lúcido y estimable —como no podía ser de otra forma—, dejó claro que él recibía el premio que le daba la gana recibir. Sin embargo, ¡qué decepción! ¿Por qué no aprovechó la cercanía de Calderón para afirmar delante de él su posición respecto a las elecciones presidenciales de 2006? Habrá sido, desde luego, que el novelista prefirió dar prioridad a la cosa literaria sobre la cosa política (aunque, como razón, ésta parecería más bien flaca). ¿O tal prudencia se habrá debido, más bien, a la diplomacia? Porque ni a la pareja del sexenio —el Gobernador González y el Rector Briseño— ni al presidente de la FIL ni a nadie le habría convenido tener un desaguisado. ¿Qué ganamos, oigan? ¿Siquiera le sacaron algo?
Bah. Qué pésimo modo de empezar la Feria. El caso es que, al final, las puertas se abrieron y la multitud asoleada, luego de haber abucheado debidamente a Carlos Fuentes, pudo entrar, en estampida. ¡Como si regalaran los libros! Naturalmente, hacen falta varios minutos para aclimatarse y ver dónde queda qué cosa. No es difícil: todo está donde mismo. Y, como otros años, no hay dónde sentarse. Luego me pasa que acabo metiéndome a ver cualquier porquería nomás para que no me vayan a salir várices. Por eso: ¡ojo! Hay que escudriñar el programa con cuidado. Hoy, por ejemplo, lo indispensable es ver a Antonio Muñoz Molina, en la apertura del Salón Literario; la celebración de los 15 años de La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa, y el homenaje a Mutis. Hay que medirse. En cuanto a Colombia, ahorita mismo estoy por ir a probar el café que hay en el pabellón. Y, claro, espero no quedarme nomás con lo folclórico. Ya contaré.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el domingo 25 de noviembre de 2007.

Así cómo

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Si todo sale bien (es decir: si todo sale mal), Felipe Calderón inaugurará hoy la FIL. El recuerdo que dejaron los únicos dos Presidentes que se han dignado pararse en la Feria no es muy grato: el día que vino Vicente Fox fue una lata para el público porque la seguridad entorpeció odiosamente las actividades, y el día que vino Salinas... bueno, quién va a recordar con cariño la visita de Salinas. El caso es que el Rector ya anunció que Calderón se apersonará. ¿Qué hacer? ¿Esperar a que el Estado Mayor Presidencial, una vez terminados el acto y el paseíllo, se retire de Expo Guadalajara y de las inmediaciones y los civiles podamos circular libremente? ¿O resignarse a empezar la Feria de este año pasando corajes? Porque los políticos, del bando que sean, con su sola presencia lo mejor que saben hacer es estorbar. Son un fastidio.
Aunque, pensándolo bien, valdrá la pena estar ahí si Fernando del Paso, a la hora de recibir el Premio FIL —basta de eufemismos: el Premio Juan Rulfo, como bien dijo él mismo cuando se anunció que lo había ganado—, se avienta a decirle dos o tres cositas, que de seguro quiere decirle, a Felipe Calderón. No hay que olvidar la militancia de Del Paso en la campaña presidencial de López Obrador, y cómo llegó a alzar la voz en el Zócalo en julio de 2006. ¿Será que, teniéndolo cerquita, aprovechará la ocasión para seguir reclamándole? Por lo pronto, los organizadores de la Feria ya han restringido considerablemente el acceso a la prensa, y me temo que será endiabladamente difícil colarse. El relajo presidencial, como sea, pasará pronto, y lo importante en todo caso es que la Feria comienza.
Mal hecho: este año me he olvidado de mi tradicional tratamiento preventivo de vitamina B12 (cinco inyecciones, espesas las malditas), y espero no ir a rodar por una rampa o en pleno pabellón de Colombia, a media semana, exhausto. Pero tengo la impresión, acaso ingenua, de que el programa de actividades está más tranquilo que otras veces. Tranquilo tirando a aburrido. Decidido, como estoy, a ahorrarme la comparecencia en los actos de las grandes personalidades de siempre (Carlos Fuentes y similares), que difícilmente tienen nada interesante que decir, mi propósito ahora es curiosear en las presentaciones más discretas (autores jóvenes o de geografías distantes, pongamos), y concentrarme en lo que hagan los escasos escritores que verdaderamente me interesan, como Antonio Muñoz Molina o Rubem Fonseca. Y Álvaro Mutis, desde luego, y Del Paso. Lástima que este año no viene Ana Colchero. Pero pienso: qué bueno: es mejor para los dos. (Alguien ha querido alegrarme diciendo que estará Kate del Castillo. Valiente consuelo).
Estoy por resolver si este año, como otro, compraré libros a granel, o si mejor boicotearé a la industria editorial por carera. Pero eso tengo que decidirlo hasta después de echar un primer vistazo. De lo que sí tengo ganas es de ver qué trae Colombia, que ciertamente es mucho más que Shakira, Botero y García Márquez. Por ejemplo, en el Museo Regional hay una exposición titulada «Me gustas mucho tú», de un colectivo bogotano llamado Populardelujo: una manera muy divertida de conocer cómo nos entienden y nos imaginan a los mexicanos desde allá. Conviene ir, además para despejarse tantito del ajetreo en Expo Guadalajara. Pero, por ahora, ni modo: a sumergirnos, a ver qué tal nos va. ¡Empezamos! (nomás que se largue Calderón).

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el sábado 24 de noviembre de 2007.

A gritos

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Pocos absurdos tan redondos como la publicidad antipática, molesta, hostil. Si el propósito de cualquier campaña comercial es informar y convencer para, finalmente, encantar, no puede entenderse cómo alguien es capaz de concebir que el encantamiento se consigue fastidiando al público, y menos comprensible es que los anunciantes contraten y paguen a quienes, así, dudosamente van a servirles en la promoción de sus negocios. Así demuestran, los anunciantes —sus publicistas, al fin, hacen lo que ellos quieren—, su menosprecio por los consumidores a los que se dirigen: o es que los juzgan (nos juzgan) zafios, ignorantes y dispuestos a ceder ante cualquier reclamo estentóreo u horrendo, o es que han optado por agredirnos directamente, mandándonos a gritos y sin razones que les hagamos caso y les compremos. Quienes les dan las ideas o reciben sus encargos y los ponen en práctica sólo demuestran su vulgaridad y que no les hace falta ser creativos para desquitar lo que cobran.
Una de estas formas odiosas de publicidad es la que consiste en vehículos equipados con altavoces, circulando a velocidades lentas —y, por tanto, entorpeciendo el tráfico impunemente: ¡con lo fluido que es!— y haciendo sonar pésimas grabaciones que repiten cantaletas y letanías estridentes, siempre indescifrables además porque el sonido se distorsiona al retumbar a un altísimo volumen. No son únicamente los camiones repartidores de gas o las camionetas con fruta o utensilios de limpieza, a cuyas presencias de cualquier modo, malamente, hemos tenido que acostumbrarnos: ahora lo que se ha puesto de moda es soltar por las calles tapatías esta peste, anunciando mercancías ínfimas, bailes, tiendas o lo que sea, y lo más irritante es que parece que también tendremos que acabar acostumbrándonos, pues a nadie da la impresión de extrañarle: a las autoridades no, desde luego, que seguramente ni han visto ni han oído esta forma de estropear aún más el entorno urbano, o que más seguramente la consienten.

HACIA LA FIL V
Más allá de su funcionamiento como un encuentro de negociantes en torno a la industria editorial y sus alrededores (lo que la sostiene y la explica, lo que ha hecho posible su crecimiento y garantiza su permanencia), la Feria Internacional del Libro ha ido afirmándose como un acontecimiento cultural de primer orden cuya razón de ser y su espíritu festivo dependen plenamente de la participación de los civiles que van a curiosear, a comprar libros (o a desear comprarlos), a escuchar presentaciones, conferencias o música, a ver a sus ídolos, a llevar a los niños: a pasar un buen rato. Los civiles: los funcionarios en cambio, del orden que sea, son prescindibles, y cuando aparecen lo único que hacen es estorbar. ¿Vendrá Felipe Calderón? Da lo mismo: con tal de que se vaya pronto y no moleste demasiado.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 23 de noviembre de 2007.

El suertudo

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(Éste es Alejandro Cravioto, el secretario de Cultura de Jalisco. No es que sea de muy buen gusto, y mucho menos emocionante, poner aquí fotos de funcionarios, pero habrá que verlo de este modo: quizás sirva para que, cuando demos con ellos por la calle, tengamos modo de reconocerlos y cambiarnos de acera).

Está visto que a los funcionarios les gusta ganar bien. A todo el mundo, no hay más que reconocerlo, le gusta ganar bien: al taxista, al doctor, a la cajera del súper, al cantante. Y esto es tan obvio como que nadie nunca va a quejarse cuando la suerte le sonríe. Los funcionarios, ocasionalmente, renuncian (nomás tantito) a ganar demasiado bien, y se bajan el sueldo con tal de hacerse propaganda y conquistar simpatías, aunque esos «sacrificios» jamás son drásticos y, de cualquier modo, tienen cómo compensarlos: al fin que no gastan en camiones, casi siempre desayunan gratis, viajan a costa del erario, etcétera. Pero no dejan de cobrar sueldos que, acaso no serán los más altos del mundo, pero sí suelen estar por encima del promedio. Muy por encima.
El caso del secretario de Cultura, Alejandro Cravioto, quien recibe a la quincena un cheque de 44 mil 686 pesos (ya hecha la deducción por 18 mil 753 pesos que suman los impuestos y su fondo de Pensiones, según la nota publicada en Mural el pasado martes), es el de un funcionario a quien la suerte le ha sonreído ampliamente. A otros, como el Alcalde zapopano Juan Sánchez Aldana y sus secuaces, les pareció que Fortuna no había sido tan generosa con ellos, y tomaron medidas. Pero Cravioto no se ha visto en esa necesidad: «Es un sueldo que no me fijé yo ni fijó el Gobernador», se defendió cuando el reportero lo cuestionó al respecto. Y sí, ahí ni para dónde hacerse. Lo malo es que, al sacar cuentas, se va más —pero mucho más— en pagarle a este solo suertudo que en mantener funcionando varias dependencias de su Secretaría, que por lo demás, como bajo la conducción de sus antecesores, sabe dar tan pocos resultados —en buena medida, se alega, porque el presupuesto nunca es suficiente: ¿cómo va a serlo, si hay que destinar tantos cientos de miles al mandamás?
Es bonito pensarlo: la Secretaría de Cultura de Jalisco bien podría consistir únicamente en una combi estacionada a espaldas del Cabañas, con una fotocopiadora y un solo mono que la atienda. No se necesita más.

HACIA LA FIL IV
Una buena iniciativa de la Feria ha consistido en acordar, con librerías tapatías, que éstas faciliten al público el encuentro con títulos de los autores que vendrán. Participan, esta vez, Gandhi, Gonvill, Librerías de Cristal, Material de los Sueños, Porrúa, la Joseluisa, la librería Universitaria y la Cervantes. Vale la pena visitarlas, para ir «ambientándose». ¿No convendría, ya encarrerados, pensar en una presencia de la FIL así, pero a lo largo de todo el año? Ahora que Italia será el Invitado de Honor en 2008, por ejemplo, disponer de rincones, en estas y otras librerías, donde pueda propiciarse la familiaridad con la literatura de ese país, y también para que no sea únicamente en las vísperas de la última semana de noviembre cuando los tapatíos tengamos en la imaginación lo que podemos disfrutar en los días de la Feria.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 16 de noviembre de 2007.

50 bicis

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La persistencia del mal llamado «viaducto» en la Avenida López Mateos es señal de, por lo menos, tres rasgos de la idiosincrasia tapatía: en primer lugar, la inconformidad que esa ocurrencia despertó entre los ciudadanos ha ido menguando, o ya no es tan visible. O quizás eso parezca a raíz de que el tema haya dejado, precisamente, de ser «tema» en la prensa, al cabo de unos cuantos días en que se dio cuenta de los apuros que pasaban los peatones para cruzar y del caos vehicular provocado por los cierres y desviaciones, de las malhechuras y las improvisaciones de la autoridad para poner en práctica la medida, así como de la indignación de los grupos (nunca demasiado numerosos) que se organizaron para protestar. Luego, claro, vino el asunto del «placazo», mezclado con las travesuritas del Alcalde de Tonalá —qué bien se nos dan los personajes encantadores—, y entre eso y las informaciones nacionales, de los vehículos de Vicente Fox a las inundaciones en Tabasco, la vía rápida de los fines de semana fue perdiendo interés. ¿Tan pronto nos acostumbramos?
En segundo lugar, queda claro que lo único que necesitan las autoridades aquí para imponer una arbitrariedad es hacer concha: aguantan tantito la llovizna de críticas, y al fin de unas semanas terminan saliéndose con la suya. Al fin que todo se nos olvida —o parece que se nos olvida, que es lo mismo. Y, por último, la tercera conclusión que puede sacarse, fruto de las otras dos combinadas, es que Guadalajara sencillamente no quiere bajarse de los coches. Aun con el desastre que ya es la proliferación excesiva de vehículos privados, seguimos prefiriéndolos antes que pensar en ninguna alternativa. Pero no, tal vez haya esperanza: la sugiere el recorrido en bicicletas que el miércoles pasado hicieron alumnos del ITESO, por López Mateos, desde Las Rosas y hasta esta universidad. Fueron, como su lema lo anunciaba, cincuenta coches menos: una estimable iniciativa ciudadana que sencillamente consistió en cambiar la apatía por la acción.

HACIA LA FIL III
Buena parte del atractivo de la FIL radica en el programa literario, con las oportunidades que ofrece para el encuentro entre el público y los escritores. Este año es relativamente fácil palomear a los autores más llamativos (en razón de que son los más conocidos), pues el contingente es reducido, en comparación con otras ediciones de la Feria: Rubem Fonseca, Antonio Muñoz Molina, Álvaro Mutis, quizás Jostein Gaarder y ya. (Bueno, también estarán Fuentes y García Márquez, pero ésos son como las edecanes de Océano, que es imposible no quedárseles viendo, por más que no digan nada interesante; Saramago este año anda visitando presidentes). Será ocasión de experimentar y acudir al descubrimiento de otros: nuevas voces, o no tan famosas, que seguramente valdrá la pena conocer.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 9 de noviembre de 2007.

Gracias por nada

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Ahora resulta. Al anunciar que no tendrá lugar el odioso canje de placas que su administración pretendía imponer como una burda medida para hacerse de más recursos, el Gobernador González declara: «Advierto la genuina preocupación de la gente». Y, diciendo eso, pretende hacerse pasar por un gobernante sensible y atento, conciliador y dispuesto a rectificar y a agarrar el trapeador luego de que ha regado el tepache. Nada más falso. La verdad es que, finalmente intimidado por el «costo político» (como les gusta a los políticos referirse a las consecuencias que tienen sus dagas cuando llegan los tiempos de elecciones) que acarrearía el famoso placazo, el Gobernador se ha visto obligado a sacar un plan B para sablearnos sin que se vea tan feo: el incremento al refrendo —que no ha dejado claro todavía si será sólo el año que entra o los cinco que siguen, o ya por toda la eternidad—, más el endeudamiento por 2 mil millones de pesos que se propone solicitar que le autoricen (y que quién va a pagar sino los contribuyentes), es, como ya más de alguno lo ha observado, un «placazo a plazos». O sea: no habrá canje, aunque igual nos van a despelucar, pero en abonitos.
Nada hay que reconocerle al Gobernador. Que dejen, él y sus ocurrentes colaboradores, de creer que los ciudadanos somos ingenuos. No ha sido «sensible» en el tema del dizque viaducto de López Mateos —que, por lo visto, llegó para quedarse—, como no lo fue cuando soltó sus pedestres opiniones sobre la propagación del sida, como no está siéndolo en torno a las graves acusaciones contra el Procurador y como le importaron un pepino las críticas por su donación millonaria a Televisa. La opinión de sus gobernados, en realidad, lo tiene sin cuidado. Puede parecer que las protestas por el «placazo» surtieron efecto. Y sí, quizás haya sido un comienzo, pues al menos se pudo conseguir que el Gobernador cambiara de estrategia. Pero de ahí a que entienda —y reconozca— que se equivoca hay todavía un largo trecho.

Hacia la FIL II
La exposición que traerá el Museo del Oro de Colombia se ve muy bien. Tanto, que al Alcalde zapopano no le interesó en absoluto. Qué más da que hubiera tenido que echarse para atrás, luego de haber firmado un compromiso para que la muestra fuera alojada en el MAZ: ya cerca de recibirla, a Sánchez Aldana se le hizo mucho lo que tenía que aportar su municipio, y salió con que siempre no jugaba. ¡Bomberazo! Entró al quite el secretario de Cultura (es divertido imaginarse cómo habrán sonado los telefonazos angustiosos estos días en sus oficinas, en las del Rector, en las de Raúl Padilla, los litros de Pepto Bismol que debieron consumir por las agruras que les causó el Alcalde rajón), y finalmente la sede será el Cabañas. Pero no será lo único digno de verse en el programa de artes visuales de la FIL: mucho ojo con la exposición del colectivo bogotano Populardelujo, que estará (si nadie se pone sus moños) en el Museo Regional.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 2 de noviembre de 2007.

Los «creativos»

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(Para el crédito del diseño inmejorable de esta placa: Kemelyen Arte & Diseño. Hay que hacerla circular).

Las imposiciones son odiosas, y doblemente odiosas si son innecesarias o absurdas. Como la decisión de obligarnos a canjear placas para el año entrante —porque eso es ya: una decisión, qué importa cuanto los ciudadanos podamos quejarnos: a la administración del Gobernador González («Emilio» que le digan sus amigos) la tiene sin cuidado nuestro parecer, como ha quedado claro, semana con semana, en el paso mortal de López Mateos—: una medida abritraria que demuestra el ínfimo nivel de creatividad con que se conducen los funcionarios en turno.
No tiene desperdicio la defensa que hizo Óscar García Manzano, el secretario de Finanzas del Gobierno de Jalisco, en las páginas de Mural el pasado domingo, de este «proyecto». Empieza diciendo que «uno de los principales beneficios que traerá [el canje de placas] será ecológico». Tras una retorcida exposición, se medio entiende que el secretario piensa eso porque, cuando a uno le toque ir a pagar el trámite maldito, deberá tener en cuenta que se ahorrará doscientos pesos si el coche está afinado. O sea: con tal de ahorrarse doscientos pesos (¿y entonces, no que necesitamos recaudar más?), los propietarios de vehícuilos se apresurarán a dejar sus motores exhalando aire cristalino. (Y es que, además, García Manzano se demora en explicar las ventajas de traer el coche afinado, para luego concluir que «de este modo Jalisco contribuye a reducir el efecto invernadero que afecta al mundo»). Otra ganancia que tendremos, gracias al canje, será que los agentes de tránsito ya podrán multarnos y cobrar la multa in situ, pues los van a dotar de impresoras portátiles y terminales bancarias: ¡qué moderno! Y una más: que se contará con un software especializado en validación del Número de Identificación Vehicular. ¿Como el famoso código de barras que nos estampó Ramírez Acuña, y que sirvió para maldita la cosa?
Bueno: ahí está, para que no se diga que no son ingeniositos. Lo malo es que se les ocurran puras linduras así.

Hacia la FIL I
En menos de un mes empieza la Feria Internacional del Libro. ¿Cómo hay que alistarse? Primero, ahorrando, sacando cuentas, haciendo malabares con las previsiones del aguinaldo y demás. Porque ir a la Feria a comprar libros sale caro. (Y aunque no se compren: entre el estacionamiento, la entrada, la golosina, el refresco, el juguetito para el niño chillón, etcétera, una familia termina desembolsando un buen billete). Lo malo es que, como en los mejores mercados, uno está a merced del hallazgo, y por más que ahora se pueda conseguir libros de cualquier parte del mundo con sólo tener una conexión a internet y una tarjeta de crédito, no hay como dar con un título inesperado, o con uno esperadísimo, y adquirirlo de inmediato. Y eso tiene la FIL: que, entre tantos miles de volúmenes, al menos uno habrá llamándonos y no podremos resistir.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 26 de octubre de 2007.

La fiesta de los números

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Álvaro Mutis, que será homenajeado en la FIL. Preferible, mil veces preferible, al otro colombiano famoso que seguro también andará por ahí, y que también es conocido como «El mono inflable».


En la tradicional rueda de prensa donde se dieron a conocer detalles sobre la próxima edición de la Feria Internacional del Libro, las cifras anunciadas con deleite por los organizadores parecieron, por momentos, más espectaculares que las actividades que tendrán lugar durante los nueve días del otoño librero de Guadalajara. 280 mil títulos en exhibición, según Raúl Padilla (aunque, según Nubia Macías, la directora de la Feria, más de 300 mil), más de 300 o 350 autores, 315 presentaciones de libros. Y mil 600 editoriales participantes, 39 países, 600 actividades culturales (¿o 650?)... Para qué seguir: la Feria es grandota y hay mucho de todo. («Organicen de la mejor manera su agenda», recomendó Padilla, previsor, «porque hay 650 actividades, y matemáticamente es imposible ver incluso la tercera parte»). Lo natural es que, con tales proporciones, el monstruo imponga y que, a mes y medio de que arranque, ya vaya siendo temible el vértigo que supondrá encontrarse en él otra vez.
Ahora bien: tal crecimiento, tal desmesura, ¿hasta qué punto es señal de que la FIL goza de buena salud? Está muy bien que, a sus 21 años, haya venido funcionando como un espacio no sólo muy provechoso, sino hasta insólito en este país enemigo de los libros; está muy bien poder afirmar que, gracias a la Feria, Guadalajara no es la absoluta desolación que podría ser, y que los tapatíos —también la gente de otros lados que viene año con año, pero sobre todo los tapatíos— hemos ganado mucho con su presencia. Vaya: cada noviembre sobran las razones para apreciarla y disfrutarla, sobre todo por el hecho de que es un acontecimiento verdaderamente excepcional en cuanto a su vocación cultural, que es la que más interesa al público (pues también, desde luego, tiene la vocación de ser un gran negocio, o el epicentro de muchos negocios que a uno qué le van a importar: igual podrían hacerse en Cancún o en Las Vegas). Pero, precisamente por eso, no deja de ser triste que parezca preferirse la abundancia antes que la calidad en los copiosos programas de actividades —tan atestados como los pasillos de Expo Guadalajara (que, por cierto, ya dijo el Rector que la Feria seguirá haciéndose ahí, que para qué moverse: a ver si este año no se vuelve a ir la luz)—: entre tantas presentaciones, conferencias, encuentros, congresos, homenajes, exposiciones, conciertos y espectáculos se vuelve cada vez más difícil distinguir qué valdrá más la pena, y más fácil verse de pronto presenciando algo que definitivamente no tiene la menor gracia. Y no es cierto que haya gente para todo: ¿cuántas de las 315 presentaciones de libros van a estar prácticamente desiertas? Por otro lado, ya es seguro cuáles actos van a estar atiborrados (por donde pasen García Márquez —o su botarga: ¡ni habla!— o Carlos Fuentes, por ejemplo), y lo mismo: qué caso tiene. Pero bueno, ya se verá qué tal sale esta edición. Por lo pronto, habrá que ir aprovisionándose de vitamina B12 para aguantar el ritmo de esos nueve días.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 19 de octubre de 2007.

Nueva edición del Taller de Ensayo Literario en la Joseluisa

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Está por comenzar un nuevo ciclo del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del FCE. Aquí van los datos y el programa. ¡Anímense! ¡Se pone bien! (Informes más abajito).


LAS ESTRATEGIAS DE LA PERSUASIÓN

El nuevo ciclo del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del FCE estará enfocado sobre la lectura crítica de piezas ejemplares, a fin de ir identificando (y, en la medida de lo posible, emulando) las maneras de proceder de los grandes ensayistas. En cada sesión se discutirá un aspecto particular de la escritura ensayística, según el siguiente programa:

Sesión I
Lunes 29 de octubre
Introducción, presentación del programa, revisión de aspectos a considerar en torno al ensayo literario, discusión sobre las lecturas del ciclo anterior.
(Tema para escribir: «Usos prácticos de la máquina del tiempo»)

Sesión II
Lunes 5 de noviembre
EL SENTIDO DE LA PERTINENCIA I
La información, la referencia y la alusión: citas, fuentes, contextos y puntualizaciones.
—Lectura del ensayo «Escotoma: una historia de olvido y desprecio científico», de Oliver Sacks.
(Tema para escribir: «La alfombra roja por la que me gustaría pasar»)

Sesión III
Lunes 12 de noviembre
EL SENTIDO DE LA PERTINENCIA II
Digresiones, derivaciones, divertimentos y desvaríos.
—Lectura del ensayo «Escotoma: una historia de olvido y desprecio científico», de Oliver Sacks (continuación).
(Tema para escribir: «Un delito que debería despenalizarse»)

Sesión IV
Lunes 19 de noviembre
LAS POSIBILIDADES DE LA METÁFORA
La adopción de una voluntad literaria mediante la confección de figuras que estimulen la imaginación del lector y promuevan sentidos más diversos y profundos en la exposición de las ideas.
—Lectura del ensayo «La metáfora», de Jorge Luis Borges.
(Tema para escribir: «El fuego»)

Sesión V
Lunes 3 de diciembre
ENCANTAMIENTO Y ENSOÑACIÓN
La astucia poética al servicio de la prosa ensayística.
—Lectura del ensayo «Menos que uno», de Joseph Brodsky.
(Tema para escribir: «Una colección insólita»)

Sesión VI
Lunes 10 de diciembre
LA TENTACIÓN DEL SUSPENSO
El recurso a la proposición de un misterio en el progreso de la escritura ensayística.
—Lectura del ensayo «El oído», de Francisco González Crussí.
(Tema para escribir: «Las estrellas son indispensables»)

Sesión VII
Lunes 17 de diciembre
PERSONA Y PERSONAJE
La fabricación de figuras que deambulen por un ensayo.
—Lectura del ensayo «Jardín Público», de Claudio Magris.
(Tema para escribir: «Un anhelo que ya debería haber cumplido»)

Sesión VIII
Lunes 7 de enero de 2008
EXCURSIONES A OTROS MUNDOS I
El ensayista, sin salir de su territorio, en viaje por los territorios de la novela.
—Lectura de la primera parte, «Conciencia de la continuidad», del libro El telón. Ensayo en siete partes, de Milan Kundera.
(Tema para escribir: «Un río»)

Sesión IX
Lunes 14 de enero
EXCURSIONES A OTROS MUNDOS II
El ensayista, sin salir de su territorio, en viaje por los territorios del arte (música, pintura y fotografía).
—Lectura del ensayo «El misterio de Hals», de John Berger.
(Tema para escribir: «Un ritual secreto»)

Sesión X
Lunes 21 de enero
LAS TRAMPAS DE LA ELOCUENCIA
Cuando el ensayista deja de escuchar lo que está diciendo.
—Lectura de un ensayo del libro Valiente mundo nuevo, de Carlos Fuentes.
(Tema para escribir: «Servicios de los sueños»)

Sesión XI
Lunes 28 de enero
LA ADMINISTRACIÓN DE LOS ÉNFASIS
Vehemencia o contención; cuándo los exabruptos se vuelven razonables, o cuándo la ironía opera como una forma sutil de la exasperación o la impaciencia.
—Lectura del prólogo de Juan Carlos Onetti a la novela El juguete rabioso, de Roberto Arlt.
(Tema para escribir: «El tacto»)

Sesión XII
Lunes 4 de febrero
LA ATINGENCIA FORMAL
Transgresiones y experimentos con el lenguaje (neologismos, alteraciones de la sintaxis, excentricidades de la puntuación, arrebatos de la adjetivación, malabarismos con aliteraciones, homofonías, cacofonías, rimas, etcétera).
—Lectura del ensayo «Ars poética», de Guillermo Cabrera Infante.
(Tema para escribir: «Virtudes de la indecisión»)

Sesión XIII
Lunes 11 de febrero
LA INTIMIDAD INTIMIDANTE
La incumbencia que puede tener para el lector la experiencia personal del ensayista.
—Lectura del ensayo «Una habitación desordenada», de Vivian Abenshushan.
(Tema para escribir: «Un olor de la infancia»)

Sesión XIV
Lunes 18 de febrero
LA PUESTA EN ESCENA
Las decisiones que toma el ensayista respecto a las locaciones, la escenografía y los decorados, la atmósfera, la iluminación y los efectos especiales que convengan (o no) a su escritura.
—Lectura de dos ensayos de William Hazlitt.
(Tema para escribir: «Razones para el olvido»)

Sesión XV
Lunes 25 de febrero
AUTORIDAD Y ESPECULACIÓN
Cuándo el ensayista goza de plena potestad sobre sus argumentos —y está, consecuentemente, en posición de establecerlos como sentencias—, y cuándo más bien ha de ofrecerlos a la ponderación del lector, para recabar cordialmente su anuencia o su connivencia.
—Comentarios sobre la lectura de los ensayos «¿Qué hace desgraciada a la gente?» y «¿Es todavía posible la felicidad?», de Bertrand Russell.
(Tema para escribir: «Una desaparición»)

Sesión XVI
Lunes 3 de marzo
EL ENSAYISTA ANTE EL ESPEJO
Las virtudes de la autocrítica: las ocasiones en que el ensayo puede ser desmentido, refutado o denunciado en su carencia de originalidad o profundidad.


La nueva edición del taller sesionará todos los lunes, desde el 29 de octubre y hasta el 3 de marzo de 2007 (salvo los lunes 26 de noviembre y 24 y 31 de diciembre de 2007), de 17:00 a 19:00 horas, en el salón de actividades especiales de la Librería José Luis Martínez del FCE (Chapultepec y Libertad).
El costo es de $350.00 al mes por persona; como una promoción, quien desee cubrir los cuatro meses por adelantado pagará sólo $1,200.00 y recibirá un paquete de libros que le obsequia el FCE.
Las inscripciones serán en la primera sesión del taller.
Mayores informes en el teléfono 044331-246-7075 o en la dirección electrónica azotecarranza@yahoo.com

¡Lástima!

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Quién más que uno va a tener la culpa. Pero eso nos merecemos los cándidos, los necios. Todavía hasta la noche del miércoles, el bombardeo de «informaciones» disponibles en internet (meras especulaciones, o peor: suposiciones, deseos, profecías, pronósticos ciegos y ocurrencias) orillaba a dejarse engatusar bonitamente por la ilusión, por el espejismo anual al que siempre convendría resistirse, pero a cuyo influjo, también siempre, se termina por ceder: entre los nombres que «sonaban» más fuerte para la designación del Premio Nobel de Literatura estaban el de Claudio Magris y el de Philip Roth. Algunos medios fundaban sus vaticinios en los de una maldita casa británica de apuestas —sobre todo deportivas: como si estuviéramos hablando de caballos o de rugby—, confiable según eso por haberle atinado a los ganadores de los años recientes, incluidos el improbable Pamuk y la tenebrosa Jelinek. En otros lados se presentaban listas de escritores a los que, por un misterioso sistema de probabilidades estadísticas combinadas con razones de conveniencia política, la maldita Academia Sueca (¿y «academia» de qué, a todo esto?) tendría que tomar en cuenta esta vez. Y en otros, algún redactor inspirado o algún columnista enfebrecido sencillamente se dejaba arrebatar por sus anhelos. Pero el caso es que se mencionaba una y otra vez tanto Magris como a Roth, y el mundo parecía tener sentido y daba la impresión de que la justicia, por una vez, iba a prevalecer. Sacando cuentas, el anuncio tendría lugar en Estocolmo como a las cinco de la mañana de aquí, así que, como quien deja su cartita a los Reyes Magos, hubo que encargarle al servicio de alertas de Google que gritara la buena nueva apenas tuviera lugar, para encontrarla tempranito y festejar.
En el torbellino de fantasías, un periódico argentino y uno español recogían la observación siguiente: el secretario de la Academia, Horace Engdahl, habría estado muy presionado en los últimos días por su esposa, también académica, para que el galardón este año fuera a parar a manos de una mujer. ¿Por qué? No se abundaba en las razones: nomás que la señora estaba emperrada, y que el otro temía por su matrimonio. La noche pasó, el sol salió, la consulta al buzón electrónico arrojó la noticia oprobiosa (de parte de El Paso Times, por cierto): ni Magris ni Roth. La ganadora había sido Doris Lessing, una escritora de 88 años (pero que en las fotos se ve como de 87). El periódico texano recogía una declaración del roñoso crítico literario Harold Bloom: «Aunque la señora Lessing al comienzo de su carrera tuvo algunas cualidades admirables, encuentro que su trabajo en los últimos 15 años es un ladrillo... ciencia ficción de cuarta categoría». ¿Habrán despertado a Bloom para que diera su parecer, y por eso contestó así, modorro y de malas? El caso es que sobrevino la decepción más desoladora. Los malditos sabios suecos nos la volvieron a hacer. Pero quién tiene la culpa: uno, y nadie más que uno. Por ingenuo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 12 de octubre de 2007.


Antes no la mataron: la seño como que venía llegando de su clase de tejido, y el enjambre de reporteros la esperaba con la noticia. «Oh, Christ!», se la oye decir, poco antes de desplomarse. ¡Las sales! ¡Corran por las sales!

La hacedora de mundos

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¡Claro! No podía ser más descabellado: ¿cómo Colón, con esos barquitos endebles, con esa tripulación de tan dudosas capacidades, sin más que un empecinamiento cercano a la locura, iba a realizar su travesía novedosa rumbo a Cipango —según él— para terminar encontrándose con un continente inesperado? Algo ha venido sonando muy inverosímil en esta historia, y lo más asombroso es que hayamos terminado dándola por cierta a lo largo de cinco siglos. Para nuestra fortuna, la escritora argentina Angélica Gorodischer ha urdido una explicación más razonable de los hechos. (Es cierto que sitúa el acontecimiento en un planeta lejano, casi idéntico a la Tierra, salvo porque allá están apenas en el año 1492. Pero no vamos a reparar en detalles insignificantes). Habrá que ir en orden, como dice ella en la advertencia al lector que abre su libro de cuentos Trafalgar, «porque así usted y yo nos vamos a entender más fácilmente».
Lo primero es decir que Trafalgar Medrano, comerciante rosarino, adicto al café y al tango, lector excéntrico y solterón, tiene el hábito de relatar a los amigos, sin egoísmos y sin pretensiones, sus viajes de negocios, que no serían nada del otro mundo si no fuera porque lo llevan, precisamente, a otros mundos. Entre esos amigos está Gorodischer, quien en cierta ocasión fue enterada del aterrizaje de Medrano en ese planeta tan parecido al nuestro, sólo que con el retraso ya dicho. Había llegado, le contó, a la corte de Castilla y Aragón, justo cuando los Reyes Católicos estaban por darle el último impulso al Almirante genovés. Trafalgar Medrano, conmovido por los marineros que morirían de escorbuto en la navegación, y sobre todo por las consecuencias que tendría el descubrimiento, se ofreció a intervenir («A Isabel le hicieron falta tres segundos para darse cuenta de las ventajas de una expedición fulminante»), y fue así que, gracias a que puso su «cacharro» a disposición de Colón, el viaje fue abreviado en cuarenta y cinco minutos. «Pensé en una América descubierta por cien atorrantes barbudos y analfabetos, un loco y un hombre de otro mundo a bordo de una nave interestelar», apuntó Gorodischer al margen.
Trafalgar, de 1979 y reeditado recientemente, es uno de los títulos más célebres de la que quizás sea la poseedora de la imaginación más potente que hay en español para la ciencia ficción. Angélica Gorodischer nació en Buenos Aires en 1929, pero pronto se afincó en Rosario, ya para toda la vida; autora de una vasta obra que ha ido extendiéndose desde hace más de cuarenta años, es reconocida por los amantes del género como una de sus figuras tutelares. En buena medida, tal prestigio se debe a Kalpa Imperial, la colección de relatos con que Gorodischer alcanzó reconocimiento internacional en 1983: la historia, recogida con una prosa de belleza sobrecogedora, del Imperio Más Vasto que Nunca Existió, un poco a la manera del Italo Calvino de Las ciudades invisibles, o a la de J. R. R. Tolkien (a quienes el libro está dedicado, además de Hans Christian Andersen), pero también con una originalidad indisputable. Narradora, y sólo narradora —más de una vez se ha mostrado orgullosa de no haber escrito nunca poemas ni teatro—, también ha frecuentado el género policiaco, y es larga la cuenta de traducciones, premios y antologías que confirman su éxito entre los lectores.
Pero lo que más importa, en su caso, es la sencilla certeza de que la literatura es una forma de vida. «La novela es una agradabilísima esquizofrenia porque yo estoy escribiendo una novela y estoy viviendo en la novela. Y al mismo tiempo, voy al supermercado, charlo con mis amigas, barro la vereda si la muchacha no vino. En fin, hago todo lo que hago siempre, pero estoy viviendo en la novela. Y cuando termino la novela empieza la convalecencia. Me curé». Para felicidad de sus lectores, para nuestro infalible deslumbramiento, no es infrecuente que recaiga. Y, lo mismo que Trafalgar Medrano, está lista para contarnos todo lo que ve.

Publicado en Magis 400 (octubre-noviembre de 2007).

Tijerillas

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La primera tijerilla del año: posada en el barandal de una escalera, al atardecer, lista para anunciarse de un modo ciertamente desagradable al principio, pero disculpable al fin, cuando uno retira rápidamente la mano ante la posibilidad del contacto con su naturaleza de clavo oxidado y fuera de lugar. Lo bueno es que tampoco ella parece buscar el contacto, y así permanece quieta para contemplarla con detenimiento. Sola, pues quizás ha sido la elegida por el enjambre para venir, en su función de exploradora, a localizar las luminarias en torno a las cuales sobrevolarán las demás en las noches siguientes. Sola y tal vez desconcertada, impaciente por que lleguen sus compañeras, que vienen... ¿de dónde? ¿De dónde llegan las tijerillas, y a dónde se van cuando termina el tiempo de su visita anual?
Como las pitayas o las cañas, como las jacarandas, como los aromas inconfundibles de la lluvia o del frío en las épocas correspondientes, la comparecencia infalible de las tijerillas en octubre es uno de los recordatorios preferibles de la ciudad que nos ha tocado en suerte. Claro: los hay, también, adversos e indeseables: la saña de los aguaceros y sus secuelas desastrosas, las nubes fétidas o asesinas que vamos atravesando en el pesaroso transitar de lo cotidiano (la Calzada, Miravalle, el camino del aeropuerto), las aglomeraciones y los embotellamientos que a menudo mueven a maldecir una ciudad cuya dinámica de crecimiento ha sido la del cáncer, nuestra idiosincrasia con sus dosis de abulia, arrogancia, egoísmo y cerrazón. Aun con su mala fama, atribuible al supuesto y seguramente infundado peligro que representan (quién no ha oído que se te meten por las orejas y causan sordera, o que te comen el cerebro, aunque, también, quién ha sabido nunca de nadie atacado así por una inocente tijerilla; su nombre en inglés, por cierto, es earwig, que viene de «oído», y la denominación científica es Forficula auricularia, o sea que tal vez el peligro no sea tan imaginario), lo que las tijerillas traen consigo es un sutil argumento para pactar, así sea sólo durante el mes que duran entre nosotros, una tregua con la ciudad: si vuelven, si no han dejado de regresar año con año, puede que Guadalajara todavía tenga salvación y que debamos proponernos reencontrar, poniendo en pausa la exasperación y el desconsuelo, las razones que por lo visto la hacen digna de seguir recibiendo a estas visitantes.
Las tijerillas no dan mucha lata: acaso nomás espantan tantito, y lo natural es sacudírselas. Pero su aparición tiene el efecto de hacer resurgir, en la imaginación, las versiones anteriores de la ciudad que hemos visto pasar: los octubres pretéritos, tal vez no siempre mejores, pero en cuya reconsideración es posible creer que la ciudad de la que hoy disponemos tendría que seguir siendo la misma, aquella en cuyas noches claras hemos hallado ocasión de esperar con mejor ánimo la mañana siguiente. Como debe ocurrir con las tijerillas, que se ve que la pasan tan a gusto aquí.


Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 5 de octubre de 2007.